Considerado un MONSTRUO: Ex-Sicario Revela Cómo DIOS Lo Salvó del NARCO | Testimonio Católico -b
Os aviso que este testimonio contiene descripciones explícitas de violencia y abuso. Solo para audiencia madura, 4 años. Esa fue la edad en que comenzaron los golpes tres veces al día, cada día, durante años. Eres un inútil. Ojalá no hubieras nacido. Esas palabras, repetidas una y otra vez por su propia madre, plantaron algo en el corazón de Eliseo Ramírez.
odio puro. A los 12 años cargaba navaja buscando excusas para usarla. A los 15 cruzó la frontera a Estados Unidos buscando libertad, pero encontró el narco. A los 16 ya vendía drogas. A los 18, su cuerpo finalmente era lo que siempre quiso, grande, fuerte, imponente. Nadie podía lastimarlo sin consecuencias y él no perdía oportunidad de demostrarlo.
Golpeaba a hombres y mujeres por igual. Su violencia era tan extrema que podía cerrar night clubs con solo aparecer. Para cuando tenía 23 años había escalado en la organización. distribuidor, encargado de plaza, dinero, poder, respeto basado en miedo puro. Lo había logrado. El niño golpeado ahora era el golpeador, pero estaba completamente vacío.
Y entonces vino la emboscada, cinco tipos, armas, siete balazos, cayó desangrándose. Cuando llegó al hospital, los doctores dijeron algo imposible. tiene cero sangre en el cuerpo, no sobrevivirá, pero sobrevivió y en el coma vio algo que lo aterrorizó más que los balazos, una figura oscura emanando odio puro, Satanás.
Y supo que su alma estaba en peligro. Despertó, pero no cambió. El odio creció. subió más en el narco, más poder, más dinero y más vacío hasta que nació su hija y por primera vez sintió amor protector. Quiso cambiar, pero no sabía cómo. 8 días sin dormir, presencias demoníacas, pensamientos suicidas y en su desesperación llamó a su hermana cristiana. Necesito ayuda.
Lo que pasó esa noche, una oración que lo hizo sentir algo tronando en su estómago, su corazón vibrando, una visión de Jesús sangrando en la cruz. transformó 25 años de odio en un instante y cuando terminó de llorar como río, el odio había desaparecido. Esta es la historia de un hombre que sobrevivió siete balazos, pero casi muere por el vacío, que buscó poder, pero encontró prisión y que finalmente encontró libertad arrodillado, quebrado en los brazos de Jesús.
Su identidad está protegida. Su testimonio es brutalmente real y si estás atrapado en violencia, odio o vacío, necesitas escucharlo. Hay un tipo de odio que no se aprende en las calles. Ese tipo de odio lo aprendes en casa de las manos que se supone deberían protegerte. Y ese odio crece hasta convertirte en algo que nunca pensaste que serías. Un monstruo.
Yo fui ese monstruo. Durante 25 años. El odio fue lo único que conocí, lo único que me mantuvo vivo, lo único que me dio identidad y casi destruye todo lo que toqué. Mi nombre es Eliseo Ramírez. Tengo 30 años. Sobreviví siete balazos, un coma, años en el narco y más violencia de la que puedo recordar sin sentir náuseas.
Pero nada de eso me mató. Lo que casi me mata fue el vacío. El descubrir que todo por lo que había peleado, el respeto, el poder, el miedo en los ojos de otros, era humo. Pura nada. Esta es la historia de cómo un niño golpeado se convirtió en golpeador, de cómo un adolescente herido se convirtió en sicario y de cómo un hombre muerto por dentro encontró vida en el último lugar donde esperaba, arrodillado, llorando como niño en los brazos de Jesús.
No es una historia bonita, pero es verdadera. Y si estás leyendo esto desde un lugar oscuro, desde el odio, la violencia, el vacío, necesitas saber que hay salida. Yo la encontré y si yo pude, cualquiera puede. Nací en un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen y los secretos no existen. Mi madre era complicada, tenía sus propios demonios y los desquitaba conmigo.
Desde los 4 años recuerdo los golpes. No eran ocasionales, eran sistemáticos, tres veces al día, como un ritual, por cualquier cosa, por hacer ruido, por llorar, por existir. con lo que tuviera a la mano, la chancla, el cinturón, las manos. Y mientras me golpeaba me decía cosas, cosas que un niño de 4 años no debería escuchar nunca. Eres un inútil.
Nunca vas a hacer nada. Ojalá no hubieras nacido, mi padre estaba ahí, pero nunca ahí. Realmente trabajaba todo el día y cuando llegaba ignoraba lo que pasaba. O tal vez no quería ver. No sé qué es peor. A los 7 años ya había desarrollado algo dentro de mí. No era tristeza. La tristeza se convierte en otra cosa cuando dura demasiado.
Se convierte en odio, puro, frío. Y ese odio no tenía nombre todavía, pero tenía dirección hacia ella, hacia mi madre. Y ese odio comenzó a extenderse hacia las mujeres en general. Porque si mi propia madre, la que se suponía debía amarme incondicionalmente, podía lastimarme así, ¿qué podía esperar del resto? A los 12 años ya cargaba navaja, no por protección, por el deseo de usarla.
Fantaseaba con escenarios donde alguien me provocaba y yo podía justificar la violencia, porque la violencia se sentía como control, como poder, como finalmente no ser la víctima. Golpeaba a quien fuera, niños en la escuela, adultos que me miraban mal y mujeres, especialmente mujeres. Cada golpe que daba era el golpe que quería darle a ella, a mi madre, pero nunca pude porque por más que la odiara, todavía era mi madre y ese conflicto me destruía por dentro.
A los 13 años tuve mi primer pensamiento homicida claro. No fue abstracto, fue específico, una persona, un escenario, un plan. Y lo único que me detuvo fue el miedo a la cárcel, no a Dios ni a la moral, solo miedo a las consecuencias. Pero sabía que si seguía en ese pueblo, eventualmente mataría a alguien o alguien me mataría a mí. Necesitaba salir.
A los 15 años, mi hermano mayor me llevó con él a Estados Unidos. Cruzamos la frontera como pudimos y llegamos a una ciudad donde nadie me conocía, donde podía reinventarme, donde el niño golpeado podía convertirse en alguien que todos temieran. Mi hermano trabajaba en construcción, me consiguió trabajo también, pero después de años de golpes y humillación, el trabajo honesto me parecía insuficiente, débil.
Yo no quería ser el tipo que obedece órdenes y cobra un cheque. Quería ser el tipo al que le tienen miedo, al que respetan, al que nadie se atreve a tocar. Así que empecé a buscar en otros lados. Fue fácil, demasiado fácil. En los barrios latinos de cualquier ciudad estadounidense, si buscas problemas, los encuentras.
Y si buscas trabajo en el narco, alguien te encuentra a ti. Comencé vendiendo poca cosa. Mota, coca. A los 16 años ya me conocían en los night clubs. A los 17 ya tenía fama de violento, de loco, de alguien a quien no provocas y me gustaba. Dios, cómo me gustaba. Por primera vez en mi vida, cuando caminaba por la calle, la gente me respetaba.
No por amor, por miedo, pero para mí era lo mismo, porque nunca me habían amado. Pero el miedo, el miedo era algo que podía generar, algo que podía controlar. A los 18 años, mi cuerpo finalmente alcanzó lo que siempre había querido. Era grande, fuerte, imponente. Ya nadie podía golpearme sin consecuencias. Y yo no perdía oportunidad de recordárselo a cualquiera que me mirara mal.
Golpeaba por todo, por un insulto, por una mirada, por estar en mi camino y no discriminaba. Hombres, mujeres, no me importaba. Si me provocabas, te rompía la cara. Hubo una noche en un club donde un tipo me empujó accidentalmente. Se disculpó inmediatamente, pero yo ya estaba en modo. Lo agarré del cuello, lo estrellé contra la pared y comencé a golpearlo.
Seguridad me sacó arrastras. Me prohibieron la entrada, pero dos semanas después regresé con gente. Cerramos el club, golpeamos a quien se interpuso y el dueño, aterrorizado, me rogó que no volviera, que él me pagaría lo que fuera, pero que por favor no regresara. Esa fue la primera vez que sentí verdadero poder, no solo miedo, poder real, el poder de cerrar un negocio con solo presentarme.
Y quise más, subí en la organización de vendedor a distribuidor, de distribuidor a encargado de plaza. Para cuando tenía 23 años, ya manejaba dinero que nunca había imaginado. Tenía gente a mis órdenes, podía cerrar cualquier club de la ciudad con una llamada. lo había logrado. El niño golpeado que juró que nunca más sería víctima había llegado a la cima.
Era temido, respetado, poderoso y estaba completamente vacío. Porque resulta que cuando logras todo lo que querías y sigues sintiéndote miserable, no hay a quien culpar, excepto a ti mismo. Y esa verdad es insoportable. No podía dormir, no por miedo a ser arrestado o asesinado, aunque ambos eran riesgos reales, sino por algo peor, una presencia.

algo oscuro que sentía en mi cuarto cada noche. A veces veía sombras moverse, otras veces encontraba cosas. Caracoles muertos en mi cama, lombrices en mi almohada. Sin explicación. Pensé que me estaba volviendo loco, pero era algo más, algo espiritual, aunque en ese momento no lo entendía así. Una noche saliendo de un club me emboscaron cinco tipos con armas y antes de que pudiera reaccionar comenzaron a disparar.
Recuerdo el primer impacto en el hombro, como si alguien me hubiera golpeado con un bate de acero. Luego otro y otro. Caí y siguieron disparando. En total recibí siete balazos, pecho, brazo, abdomen, pierna. Recuerdo estar en el piso mirando el cielo, sintiendo como la vida se me escapaba.
Literalmente podía sentir la sangre saliendo con cada latido. Y pensé, así es como termina. Esto es todo. Y tuve miedo, no miedo a morir, miedo a lo que vendría después. Porque sabía algo dentro de mí. Sabía que no estaba listo para encontrarme con Dios. Caí en coma. Los doctores le dijeron a mi familia que no sobreviviría, que había perdido demasiada sangre, que cuando llegué al hospital prácticamente no tenía sangre en el cuerpo, cero.
Mi corazón seguía latiendo de pura inercia, pero yo estaba en otro lugar. Ah, no sé si fue sueño, visión o algo más real que la realidad, pero vi algo, alguien, una figura oscura, gigante, y emanaba odio puro, no hacia mí específicamente, solo odio en su esencia. y supe, sin que nadie me lo dijera, que era él, Satanás o un demonio o lo que sea que represente el mal absoluto.
Y me aterrorizó, no como el miedo que sentía en las calles, ese miedo existencial visceral de que tu alma está en peligro. Desperté tres días después. Los doctores lo llamaron milagro. Mi familia lloraba de alivio y yo estaba enojado, enojado porque había sobrevivido, porque tenía que seguir viviendo, porque el miedo que sentía en ese coma no había desaparecido.
Todavía lo sentía, pero no sabía qué hacer con él. Esperarías que algo así te cambie. Y sí me cambió, pero no para bien. El odio que ya tenía se transformó en algo peor. Ya no quería solo golpear, quería matar. Cada enemigo, cada rival, cada persona que me había traicionado. Mi mente estaba obsesionada con venganza, con sangre, con finalizar lo que otros habían empezado. Puros balazos.
Me repetía. La próxima vez puros balazos para todos. Subí más en la organización. Me hice indispensable. el tipo al que llamabas cuando necesitabas que algo se resolviera de manera violenta y lo hacía sin dudar, sin sentir, porque sentir era debilidad. Para cuando tenía 26 años, había logrado lo que alguna vez soñé.
Respeto absoluto en el bajo mundo, dinero, poder, miedo. Y cada noche regresaba a mi casa y sentía esa presencia oscura esperándome. Y el vacío crecía y la depresión se volvía insoportable. No confiaba en nadie. ni en mi familia, ni en mi gente, porque en ese mundo todos te traicionan eventualmente. Es solo cuestión de tiempo y precio.
Vivía con una pistola en cada cuarto. Dormía con una bajo la almohada, despertaba sobresaltado con cualquier ruido. Eso no es poder, eso es una prisión. Entonces conocí a Daniela. Ella no sabía quién era yo, qué hacía. solo me vio como un tipo normal y me trató como tal. Nos enamoramos o lo que yo pensaba que era amor, porque realmente no sabía qué era eso.
Nunca lo había experimentado, pero estar con ella era diferente, menos pesado. Nos casamos y por un tiempo pensé que tal vez eso bastaría, tal vez una familia me llenaría el vacío, pero no fue así. Y luego nació mi hija Isabela. La primera vez que la cargué, algo dentro de mí se rompió, o más bien comenzó a romperse, porque miré a esa bebita, tan pequeña, tan vulnerable, y por primera vez en mi vida adulta sentí algo que no era odio ni miedo. Sentí amor protector y terror.
Terror de que el mundo le hiciera a ella lo que mi madre me había hecho a mí. Error de que ella creciera con un padre como yo. Y por primera vez quise cambiar, no por mí, por ella, pero no sabía cómo. El odio llevaba demasiado tiempo conmigo, era parte de mí y no podía simplemente decidir dejarlo ir. Mi jefe en la organización murió en Michoacán, emboscada.
Lo mataron junto con su escolta y cuando me enteré supe que yo era el siguiente, porque así funciona. Cuando cae el jefe, todos los que están cerca son objetivos. Sobreviví tres intentos más en mi contra. Tres veces que debí morir y no morí. Y cada vez esa voz en mi cabeza, esa que había estado susurrando desde el coma, se hacía más fuerte.
¿Hasta cuándo? ¿Cuántas señales necesitas? Pero yo no escuchaba. No sabía escuchar, solo sabía pelear. Solo sabía odiar. hasta que llegué al límite, 8 días sin dormir, literalmente 8 días donde cada vez que cerraba los ojos la presencia oscura estaba ahí y los pensamientos, pensamientos suicidas, pensamientos homicidas, pensamientos de que sería mejor estar muerto que seguir así.
Daniela estaba aterrorizada. Veía cómo me desmoronaba, cómo hablaba solo, cómo no comía, cómo me consumía algo que ella no podía ver. Eliseo, por favor, busca ayuda. Ve con alguien, con quien sea, pero no puedes seguir así. Pero, ¿a quién iba a buscar? ¿Un psicólogo, un doctor? Esto no era depresión clínica, esto era algo espiritual, algo que me estaba devorando desde adentro.
Y entonces, en mi desesperación, hice algo que nunca pensé que haría. Llamé a mi hermana, mi hermana que había sido cristiana evangélica desde joven, la que siempre había orado por mí, la que yo había ignorado durante años cuando me hablaba de Dios. Hermana, necesito ayuda. Esas palabras casi no salieron. Porque admitir que necesitas ayuda cuando has construido tu identidad entera en ser fuerte, en seren, es morir un poco.
¿Qué pasa, Eliseo? No puedo dormir, no puedo pensar. Hay algo, algo oscuro que me persigue y no sé qué hacer. Hubo un silencio. Luego, ven a mi casa. Ahora fui. No sé cómo manejé hasta allá, pero llegué y cuando abrió la puerta me vio. Realmente me vio y y lloró. Ay, hermanito, ¿qué te has hecho? No pude responder.
Solo entré y y me desplomé en su sofá. ¿Puedo orar por ti? Normalmente hubiera dicho que no, que esas cosas no funcionan, que son para gente débil, pero ya no me quedaba orgullo, ya no me quedaba fuerza, solo desesperación. Sí, por favor. Ella comenzó a orar. No fue como las oraciones mecánicas que había escuchado en funerales.
Fue intensa, apasionada. Y mientras oraba, puso su mano en mi hombro y algo pasó. Y sentí algo moverse dentro de mí físicamente como un tronido en mi estómago. Luego mi corazón comenzó a vibrar, no latir rápido, vibrar como si algo estuviera saliendo. Y entonces vinieron los escalofríos de la cabeza a los pies, olas de escalofríos que no podía controlar.
Mi hermana siguió orando y entonces dijo algo que me quebró. Jesús te ama, Eliseo, a pesar de todo lo que has hecho, de todo lo que eres. Él te ama y dio su vida por ti, específicamente por ti. Y en ese momento vi algo o sentí algo o ambos, no sé cómo explicarlo sin sonar loco, pero vi a Jesús en la cruz sangrando y no era una imagen abstracta, era real.
Y sus ojos me miraban a mí con amor, con dolor, con compasión. Y entendí, por primera vez en mi vida, entendí lo que era ser amado de verdad, sin condiciones, sin expectativas, solo amor puro. Y me quebré. Lloré como nunca había llorado, ni de niño cuando mi madre me golpeaba, ni cuando recibí los balazos. Esto era diferente.
Era como si cada lágrima llevara años de dolor, de odio, de vacío y todo salía como un río. Lloré tanto que pensé que nunca iba a parar y mi hermana solo sostenía mi cabeza y seguía orando. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez una hora, tal vez tres, pero cuando finalmente paré, algo había cambiado fundamentalmente. El peso que había cargado durante 25 años, el odio, la ira, el deseo de venganza, ya no estaba.
Simplemente ya no estaba y en su lugar había algo que nunca había sentido. Paz. Paz real. No la ausencia de problemas, sino la presencia de algo más grande que mis problemas. ¿Qué me pasó? Pregunté. Mi voz ronca de tanto llorar. Dios te sanó, hermanito. Te perdonó. Te liberó. Y lo más loco es que le creí porque lo sentía, lo sabía.
Esa noche, por primera vez en años, dormí profundamente, sin pesadillas, sin la presencia oscura, solo paz. Cuando desperté, Daniela me estaba mirando con una expresión que no podía descifrar. ¿Qué? Pregunté. Eres diferente. Diferente cómo no sé. Tus ojos, tu cara. Es como si como si fueras otra persona. Y tenía razón porque era otra persona.
Los siguientes días fueron surrealistas. Todo me parecía nuevo. Los colores más brillantes, la comida con más sabor. Mi hija más hermosa, Daniela más valiosa y el odio. El odio que había sido mi compañero constante durante 25 años. Simplemente no estaba. Intenté buscarlo. Intenté enojarme pensando en mi madre, en mis enemigos.
en los que me traicionaron y no pude, no porque me forzara a perdonar, sino porque genuinamente ya no sentía nada negativo hacia ellos, solo compasión. Fue entonces cuando supe que lo que había pasado no era psicológico, era espiritual, era un milagro, pero tenía un problema mi vida anterior, el narco, la violencia, todo eso seguía ahí y no podía simplemente ignorarlo.
Llamé a mi contacto, le dije que me salía, que ya no podía seguir, que necesitaba una vida diferente. Te volviste loco. ¿Sabes lo que pasa con los que se salen? Lo sé, pero no me importa. Prefiero morir como un hombre nuevo que vivir como el monstruo que era. Hubo un silencio largo. Luego te doy un mes, desapareces, no hablas con nadie, no regresas y si te veo de nuevo, no respondo por tu vida.
Era más de lo que esperaba y lo tomé. Nos mudamos. Daniela, Isabela y yo a otro estado, otro trabajo, otra vida. Los primeros meses fueron duros. Económicamente estábamos quebrados. Yo trabajaba en lo que fuera, construcción, limpieza, lo que hubiera y cada día oraba porque ahora sabía orar, no me sino hablando con Dios como hablas con alguien real.
Y algo comenzó a cambiar en mi relación con Daniela, porque ahora que el odio no me consumía, podía verla realmente verla y amarla, no por lo que me daba, sino por quién era. “Eres diferente”, me dijo una noche. “No solo emocionalmente. Tu forma de mirarme, de tocarme, de hablarme es como si finalmente pudieras amarme de verdad.” Y tenía razón porque antes yo no sabía amar, solo sabía poseer, controlar, pero ahora entendía lo que era el amor real, porque lo había recibido de Dios.
Regresé a mi pueblo dos años después, no para quedarme, solo para hacer algo que sabía que tenía que hacer. Fui a la casa de mi madre, toqué la puerta, ella abrió y cuando me vio, su rostro se transformó en miedo, porque yo era el hijo al que había golpeado durante años. el hijo que se había ido lleno de odio y ahora regresaba y ella no sabía con qué intención.

“Mamá”, dije y mi voz se quebró. “Vine a decirte algo.” Ella no respondió, solo me miraba aterrorizada. “Te perdono por todo, por los golpes, por las palabras, por todo. Y quiero que sepas que te amo, que siempre te amé, aunque no sabía cómo mostrarlo.” Ella comenzó a llorar y yo también. Y ahí en la puerta de esa casa donde aprendí a odiar nos abrazamos y fue el primer abrazo real que compartimos en mi vida.
Hoy tengo 30 años, trabajo honestamente. Voy a la iglesia, sirvo en ministerios de rehabilitación de expandilleros y exadictos, porque sé lo que es ese mundo y sé que hay salida. Mi hija tiene 4 años y cada noche antes de dormir me dice, “Te amo, papi.” Y yo le respondo, “Yo también te amo, princesa.
” Y lo digo de verdad, no meicamente, y cada vez que lo digo, agradezco a Dios porque me salvó de ser el padre que mi padre fue. Me salvó de pasar el odio a la siguiente generación. Extraño algo de mi vida anterior. No, ni el dinero, ni el poder, ni el respeto basado en miedo, porque todo eso era humo.
Y ahora tengo algo real. Tengo paz, tengo amor, tengo propósito. A quienes están yo estuve, en la violencia, en el narco, en el odio, les digo, no es demasiado tarde. No importa cuánta sangre tengas en las manos, no importa cuánto hayas lastimado, Dios puede limpiarte, puede sanarte, puede convertirte en alguien nuevo. No será fácil.
Habrá consecuencias de tu vida pasada que tendrás que enfrentar. Habrá momentos donde dudarás, donde querrás regresar a lo conocido porque lo nuevo asusta, pero vale la pena cada lágrima, cada sacrificio, cada momento de humillación, porque la libertad que Dios da es real y el amor que ofrece es incondicional.
Yo fui un monstruo. Golpeé, vendí drogas, lastimé gente, viví para el odio. Y Dios me perdonó, me sanó, me transformó, no porque yo lo mereciera, sino porque él es misericordioso. Y si lo hizo conmigo, puede hacerlo con cualquiera. Mi nombre es Eliseo Ramírez. Tengo 30 años. Sobreviví siete balazos, años en el narco y un odio que casi me consume.
Pero lo que no podía sobrevivir era el amor de Dios. Y ese amor me destruyó para reconstruirme como alguien nuevo. Soy católico, soy esposo, soy padre, soy testimonio viviente de que nadie está tan perdido que Dios no pueda encontrarlo y que el corazón más duro puede ablandarse ah si se encuentra con el amor que sangró en una cruz.
Que Dios ah los bendiga. Ah, que tengan el valor de admitir que necesitan ayuda y que cuando lleguen al final de ustedes mismos, recuerden que ahí es exactamente donde Dios los está esperando, con los brazos abiertos, listo para sanarte, cómo me sanó a mí. Las historias reales tienen el poder de transformar vidas.
La que acabas de escuchar puede ser el inicio del cambio en la vida de alguien más. Ayúdanos a compartir este mensaje. Dale like si este testimonio resonó contigo. Suscríbete para más historias de transformación y fe. Comparte con alguien que esté buscando respuestas. Comenta tu propia experiencia abajo. Tu historia también puede inspirar a miles.
Gracias por ser parte de esta comunidad de buscadores de verdad. Hasta el próximo testimonio.

Leave a Reply